Primer día de la vuelta real, la que toca ir al tajo. El tajo en mi caso es cuidar de la preciosa segunda pared de mi tercera pared. Un encanto de criatura que a pesar de los muchos días sin vernos no ha
extrañado nada a su abuela. Hemos jugado,
reído y divertido un montón, las carcajadas de los niños son espectaculares, si se pudieran medir llegarían muy alto y son
confortantes y reconstituyentes, eso sí, a la salida he renqueado un poco con mi pierna mala porque he de decir que sigo notando que la tengo. No duele mucho ni poco pero está ahí. Es para que se cumpla eso de "si no fuese por...."
Y quería comentaros algo de mis vacaciones, bueno, y las de mi primera pared también, que hemos estado juntos, no hemos ido cada uno por su lado, cosa que a lo mejor sería interesante pero de momento no lo hemos propuesto.
Resulta que a parte de familiares han sido las vacaciones de la buena mesa. Hemos estado en restaurantes de carretera, o de polígono industrial, de esos que se conocen por el boca a boca. Normales, de pueblo, decoración sencilla pero agradable y con un cocinero o una cocinera que guisan a la antigua: productos buenos, caseros y naturales, sin esconder nada y hemos comido muy bien y mucho pero de todo, lo que más me gustó y aún recuerdo fue el pulpo; no estábamos en
Galicia ni falta que hacía, en medio de un pueblo apartado del mar comimos el pulpo más bueno de nuestra existencia, mejor que cuando nos trasladamos a las tierras de las meigas, será suerte o no, pero estaba
buenísimo. Todo lo que nos ofreció aquel buen señor que no tiene carta en su restaurante: te pone lo que a él le parece y según te ve la cara, estaba de lo más bueno. En los otros sitios también comimos bien pero ese día fue el mejor. Aún me acuerdo y no me sabe mal, imaginaros.
Claro que también estuvimos en un lugar donde la comida era lo de menos, no estaba mal pero era cocina corriente, eso sí, la tortilla de patatas te la hacían cuando la pedías y ya nos dijeron que iban a tardar, todo un detalle. Se trataba de un restaurante donde ofrecían cena y espectáculo a cargo de dos profesionales del
trasvestismo (o como le llamen a eso) con más tablas que años y no eran jóvenes precisamente (existe
documentación gráfica que ya os enseñaré) Era
increible: familias enteras partiendo del abuelo y llegando hasta el nieto, intercalando cuñados, vecinos y demás
simpatizantes. El espectáculo de lo más
ingénuo, aunque los chistes eran de color verde los niños ni se inmutaban y estaban todos en primera fila, disfrutando como el que más, y después, cada vez que los señores se
vestián de artistas famosas y hacían el
playbac, las
criaturitas se los miraban embelesados. Fue divertido, no había estado nunca en algo así, creo, y fue digno de ver. Lo dicho, las vacaciones, el viajar sobre todo, instruye, vaya si instruye. Durante el descanso de los artistas hubo baile y las canciones que sonaban las vendían en un casero disco de módico precio que se vendió como rosquillas, mi primera pared mercó uno,
naturalmente.
No diré que me encontraba fuera de lugar, no quiero parecer lo que no soy pero no estoy acostumbrada a estos festejos, la verdad es que la gente se lo pasó estupendamente y salvo mi
menda y alguna persona en
sillita rodada, bailó todo el mundo. Los niños disfrutaron como camellos, que es una frase que se dice mucho y que aún desconozco su origen porque de camellos sé más bien nada y no sabía que pudieran divertirse.
La cosa me hizo pensar y recapacitar: he sido una reprimida toda mi vida, más de lo que pensaba, seguro, porque ante una cosa así soy incapaz de comportarme como los demás. ¡Es la vida!
Me estoy
alargando, en el próximo capítulo os contaré más cosas de mis breves pero intensas vacaciones.
Besos muchos.